«—¡A propósito! Hace tiempo, en Moscú, un búlgaro me contaba que los turcos en Bulgaria violan a las mujeres y escarnecen a los niños—prosiguió Iván, como si no hubiese oído a su hermano—. Entre las mil barbaridades que con ellos cometen, suelen, muchas veces, clavarles las orejas en una puerta, y allí los dejan hasta el siguiente día, en que los mutilan bárbaramente. Con frecuencia se habla de la crueldad del hombre y se acostumbra a compararle con las fieras. Esto es injusto, al decir tal cosa se ofende a las últimas. Las fieras no poseen la artística crueldad de los hombres. Imagínate un niño de pecho apoyado en el regazo de su madre; alrededor de ellos los turcos; éstos se acercan, acarician al pequeñín y tratan de hacerle reír; el tierno infante los mira y en su carita sonrosada se dibujan dos hoyuelos preciosos: ya ríe, agitando sus manitas. En aquel momento, uno de los hombres saca una pistola y apunta con ella al niño; éste ríe con más fuerza y trata de tomar el arma; de pronto, el artista dispara y hace volar los sesos del angelito… Es una cosa realmente bella, ¿verdad?, aseguran que los turcos adoran esta clase de diversiones…»